jueves, 7 de mayo de 2026

EE.UU. 250: entre libertad y atentados

 Roberto Valenzuela

El próximo 4 de julio de 2026, los Estados Unidos alcanzarán un hito histórico:

250 años de su nacimiento como nación. La fecha nos remite al 4 de julio de

1776, cuando las trece colonias —el 13, considerado por muchos un número

de superstición— proclamaron su independencia del reino de Gran Bretaña.

Aquel acto sentó las bases de un exitoso experimento político que, con el paso

del tiempo, se convertiría en un referente mundial: la democracia

representativa.

A diferencia de las monarquías —encabezadas por reyes, reinas o emperador,

emperadora— predominantes en su época, el nuevo Estado se estructuró bajo

la inspiración de Montesquieu y su doctrina de la separación de poderes. Así, el

poder Ejecutivo, encabezado por un presidente electo; el Legislativo,

representado en un Congreso sujeto a renovación democrática; y el Judicial,

garante último del cumplimiento de la Constitución y las leyes, configuran un

equilibrio institucional que ha resistido el paso del tiempo. Y 250 años es, sin

duda, mucho tiempo.

Es innegable que Estados Unidos ha construido una historia de grandeza

institucional. Ha sido inspiración para pueblos como Haití, que fue la segunda

nación americana en proclamar su independencia y la primera república negra

independiente. También inspiró a líderes independentistas que lucharon por la

libertad de sus pueblos, entre ellos Simón Bolívar, José Martí, José de San

Martín, Juan Pablo Duarte y Benito Juárez. Su sistema democrático, con

tensiones y desafíos, no ha sido interrumpido desde su fundación, y su aparato

de justicia mantiene una fortaleza que inspira a otras naciones. Sin embargo,

esa misma historia también arrastra un capítulo oscuro y funesto: la violencia

política dirigida contra sus propios líderes.

Es el país donde más presidentes han sido asesinados. Cuatro mandatarios

han muerto en el ejercicio del cargo: el influyente Abraham Lincoln en 1865,

James A. Garfield en 1881, William McKinley en 1901 y el carismático John F.

Kennedy en 1963. A estos hechos se suman múltiples intentos de magnicidio a

lo largo de su historia, lo que evidencia que ni siquiera las democracias más

sólidas están exentas de amenazas extremas.

El caso de Ronald Reagan —uno de los presidentes más populares en la

historia de esa nación—, herido en un atentado en 1981, así como los recientes

incidentes de seguridad en torno a Donald Trump, reafirman una realidad


inquietante: el poder político, en cualquier contexto, sigue siendo un blanco de

alto riesgo. Cabe recordar que el intento de agresión contra Trump ocurrió en

un entorno simbólicamente comparable al de otros episodios históricos de

violencia política en el país. Tanto Trump como Reagan pertenecen al Partido

Republicano y representan corrientes conservadoras.

Este contraste —entre la estabilidad institucional y la persistencia de la

violencia política— define, en buena medida, la complejidad de la experiencia

estadounidense. A 250 años de su fundación, Estados Unidos no solo celebra

su permanencia democrática, sino que también enfrenta el desafío de

preservar la seguridad de sus líderes y la calidad del debate público.

Porque, si algo enseña su historia, es que la democracia no es un logro

estático, sino una construcción permanente, donde los avances conviven con

amenazas que obligan a una vigilancia constante.

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